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Depurativos, desintoxicantes y quemagrasas, resumen de noticias

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

Un día de estos, la amabilísima Sara Tabares (@saratab) me hará una entrevista sobre dietas depurativas para Cadena Ser Valencia. Pues bien, esta mañana, mientras preparaba dicha entrevista, me he dado cuenta de dos cosas. La primera es que he hablado muchas, muchísimas veces sobre este tema (como comprobarán en unas líneas), y la segunda es que lo mío es como intentar vaciar la arena de la playa con cucharillas de café. Es tan grande el negocio que gira en torno al adelgazamiento y a la estética, que todo esfuerzo es en vano. En todo caso, siempre he pensado aquello de “más vale pesado que descuidado”, así que por la presente paso a resumir mis alegatos antidepurativos, antidesintoxicantes y antiquemagrásicos. Allá van: (más…)

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Riesgos para la salud de los “alimentos funcionales”.

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

Aunque existen muchas definiciones de “alimento funcional”, en general entendemos que es aquel que podría ejercer beneficios sobre nuestra salud no atribuibles a sus nutrientes (agua, energía, proteínas, carbohidratos, grasas,  vitaminas o minerales) sino a otras sustancias. Para mí el paradigma de alimento funcional no es el Actimel (ni en sueños), sino la leche materna, cuyos beneficios para la salud del niño (y no digamos de la madre) van mucho más allá de su composición nutricional. No soy el único que lo piensa, desde luego. Gura y Lönnerdal, por ejemplo, lo documentaron la mar de bien en julio de 2000 (Nutrition) y en agosto de 2014 (Science), respectivamente.

Hace un par de años tuve el placer de publicar junto a las doctoras Patricia Casas-Agustench y Nancy Babio, así como con el doctor Jordi Salas-Salvadó, una investigación sobre alimentos funcionales. Apareció en la edición de marzo-abril de 2012 de la revista Nutrición Hospitalaria, y la pueden consultar en este enlace. Veo ahora, mientras escribo estas líneas, que una revisión sistemática de la literatura sobre el consumo de alimentos funcionales en Europa, y recién publicada por Özen y colaboradores en Nutrición Hospitalaria (marzo de 2014), cita nuestra investigación. ¡Nuestras silentes horas de sudor sirvieron de algo!

El caso es que diseñamos una encuesta en la que, a través de 16 preguntas, intentamos evaluar los conocimientos, el interés, la predisposición y la valoración de los alimentos funcionales por parte de dietistas-nutricionistas y de otros expertos en nutrición humana en dietética españoles. Una de las preguntas fue “¿Cuál es el problema más grande que cree que tienen algunos alimentos funcionales?”, a la que los encuestados podían responder con alguna de estas opciones:

  • Son más caros
  • Creo que no son alimentos naturales
  • A veces no se conocen los posibles beneficios
  • A veces no se conocen los posibles efectos negativos de su consumo
  • Se medicaliza la alimentación
  • Otras razones (publicidad engañosa, uso incorrecto, creer que con su consumo ya se consigue una alimentación equilibrada, u otras razones –especificar-)

La última respuesta era abierta, es decir, los encuestados podían responder por escrito más problemas asociados a los alimentos funcionales. No obtuvimos ninguna respuesta destacable, quizá por lo reciente que es la incursión de estos productos en el mercado, que no nos ha permitido reflexionar en profundidad sobre esta cuestión.

Pues bien, explico todo lo anterior porque una investigación recién publicada por el Dr. Rohan Ameratunga y colaboradores en la revista Critical reviews in food science and nutrition, acaba de reflexionar de lo lindo sobre posibles “peros” de los alimentos funcionales, cada vez más presentes en nuestras vidas. Creo que habríamos añadido algún “item” más a las posibles respuestas que acabo de detallar si hubiéramos leído el artículo de Ameratunga antes de publicar el nuestro (algo imposible, claro, todavía no tenemos la bola de cristal que todo lo sabe). Ameratunga y colaboradores incluyen una tabla en la que recogen los (en sus palabras) “riesgos asociados con los alimentos funcionales”:

  • Riesgos asociados con la frágil definición de “alimento funcional” (que se traduce en inconsistencias en su regulación, algo que puede afectar, sin duda, a los consumidores, por ejemplo, creando confusión)
  • Riesgos asociados a la poca calidad del control de estos alimentos (que puede generar, por ejemplo, efectos tóxicos -¿sabía que los extractos de manzanilla podrían producir abortos? Vean aquí qué opina MedlinePlus-)
  • Riesgo de incrementar el riesgo de cáncer (Ej.: existen indicios que señalan que un exceso de alimentos fortificados con ácido fólico podría incrementar el riesgo de cáncer en personas mayores – Curr Opin Clin Nutr Metab Care. 2009;12(6):555-64-)
  • Riesgo de reacciones adversas a los alimentos (Ej.: alergia). 

Fuera de la tabla, sin embargo, incluyen un riesgo nada desdeñable, y al que hice alusión en mi texto “Complementos dietéticos para perder peso: peor que inútiles”. Lean,  lean:

“Los consumidores que creen que los alimentos funcionales pueden compensar la falta de una dieta sana y equilibrada pueden exponerse a un riesgo nutricional. Del mismo modo, el consumo de alimentos funcionales no exime a los consumidores de la responsabilidad de modificar los estilos de vida poco saludables para reducir el riesgo de enfermedades crónicas”.

No puedo estar más de acuerdo. Esta falsa sensación de seguridad que generan esta clase de “talismanes” se traduce en que, probablemente, nos permitiremos ser indulgentes con nuestros malos hábitos. Es algo que resumió estupendamente un tuitero llamado “Sauco” (‏@Sauco8) en marzo de 2014, en el siguiente tuit: “Beberte una botella de Larios y fumarte dos paquetes de Ducados al día, pero antes de dormir, un Danacol, que con la salud no se juega”.

Por último, si les interesa el tema no dejen de leer un magnífico texto pubicado por la Dra. Lorena Meléndez y colaboradores en “Atención Primaria”, cuyo título habla por sí solo “Los funcionales a examen: ¿alimentos al servicio de la salud o nuevo negocio para la industria alimentaria?”. El apartado “el caso Actimel®” no tiene desperdicio, se lo aseguro.

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Complementos dietéticos para perder peso: peor que inútiles

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

¿Le cuesta realizar cambios en su manera de alimentarse? ¿Le es difícil iniciar y sostener unos buenos hábitos de ejercicio físico? En tal caso será presa fácil de los vendedores de elixires, pócimas y mejunjes de toda clase (por qué no cuerno de antílope con escarabajos y sanguijuelas) que le prometerán el éxito y el poderío sin más esfuerzo que tragar unas cuantas pastillitas al día. Siempre que, eso sí, pague en metálico una suma nada despreciable de euros contantes y sonantes. Y es que pese a que cada vez sabemos con más certeza que ningún complemento dietético esconde el santo grial para perder peso, aumenta sin cesar la cantidad de población que los consume, para gran júbilo de las multimillonarias empresas que los venden. Es lo que se conoce como una “relación asimétrica”.

Incluso los complementos que en un principio parece que ejercen cierto beneficio (siempre pequeño), acaban  mordiendo el polvo cuando examinamos las investigaciones de cerca, como ha sucedido recientemente con el glucomanano. Pero en el título he puesto “peor que inútiles”. ¿Por qué? Porque pueden generar en la población una falsa sensación de seguridad que les permita ser indulgentes con sus hábitos de vida. Algo muy, pero que muy indeseable, sobre todo si no “funcionan” para lo que prometen.

Veamos, por ejemplo, una investigación publicada en agosto de 2011 en Psychological Science, que detalló lo siguiente:

“[…] debido a que la población percibe que los suplementos dietéticos confieren ventajas para la salud, su uso puede crear una sensación ilusoria de invulnerabilidad que desinhiba conductas no saludables”.

Los investigadores observaron que los participantes que tomaron píldoras creyendo que en ellas había suplementos dietéticos, caminaron menos en los días siguientes, mostraron  un menor deseo de hacer ejercicio físico y fueron más proclives a participar en actividades hedónicas (Ej.: comer o beber de forma desequilibrada), en comparación con los participantes a los que se dijo que las pastillas eran un placebo. El mecanismo subyacente de estos efectos fue definido por los autores como “invulnerabilidad percibida”. No olvidemos que el sedentarismo es uno de los principales factores de riesgo: causa el 9% de la mortalidad  prematura, según mostraron Lee y colaboradores en julio de 2012 en la revista Lancet.

También constató una desinhibición de los comportamientos insanos una investigación publicada en diciembre de 2011 en Addiction, que observó que los participantes que pensaban que estaban tomando un suplemento dietético fumaron más que los que fueron asignados (al azar) al grupo control. ¿Por qué? Por la creencia (errónea a todas luces) de que tales suplementos pueden proteger del cáncer.

Así que, como ven, esta sensación de invulnerabilidad puede ser tan peligrosa como tirarse desde el balcón pensando que abajo hay una colchoneta, cuando lo que había era un holograma. Pero volvamos a los complementos dietéticos.

Se acaba de publicar en la revista Appetite (junio de 2014) un estudio con un título que habla por sí solo. Lean, lean: “Tomar suplementos para perder peso puede provocar una liberación del control de la dieta”. O sea, a más suplementos, peor calidad dietética. De traca.

En su análisis, el uso de suplementos diseñados para perder peso indujo un optimismo desproporcionado hacia la evolución de la reducción de peso, lo que condujo, según los autores de la investigación “a la abdicación psicológica de la regulación dietética”. Resulta que los participantes que recibieron un supuesto suplemento (en realidad ninguna pastilla contenía sustancias activas) comieron más y peor que los que tomaron un placebo.

Si los suplementos alimenticios para perder peso (ineficaces, según una revisión sistemática publicada en febrero de 2011 en Obesity) minan la autorregulación del patrón de alimentación o de nuestro estilo de vida, son, a mi entender, peor que inútiles. Y con esto les dejo: me voy a correr un rato.

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