Una copita de vino al día no es buena para el corazón.

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

El paisaje que nos rodea, dominado por los intereses creados y el “todo vale con tal de ganar dinero”, es terreno abonado para que una mala hierba denominada “ausencia de ética” arraigue con facilidad y oculte, e incluso marchite, a las flores de la prudencia y la cordura. Eso sucede en el caso de la propaganda del consumo de vino, que en muchas ocasiones enarbola unos no demostrados beneficios para la salud, a la vez que echa tierra sobre los indiscutibles peligros de dicha práctica, hasta conseguir sepultarlos en el olvido. Pregunte a sus allegados, si no me cree, cuántas veces han escuchado o leído que el vino es bueno para el corazón y, por ende, saludable como una fruta fresca en su justo punto de maduración.

Les aseguro que me estremezco, respiro hondo y profiero un sonoro suspiro de resignación cada vez que leo en un medio de comunicación o, peor aún, en un entorno sanitario, que el consumo “moderado” de bebidas alcohólicas puede ejercer beneficios en la salud cardiovascular. Cuando lo escucho en boca de un profesional de la salud, un dolor punzante se adueña de mi espíritu.

Cualquiera que conozca bien las investigaciones que relacionan el alcohol con la salud no tardará en encontrar razones para carraspear, toser, fruncir el ceño, cerrar los ojos, agachar la cabeza y, en definitiva, sentir un profundo desasosiego tras escuchar o leer el conocido lema, que para algunos es un axioma, “una copita de vino al día es buena para el corazón”. Lema que se encarga de magnificar, con todos los medios a su alcance, la poderosa industria vinícola, para que lo incrustemos en algún rincón de nuestro cerebro, junto a un no menos conocido corolario: “Los médicos dicen que el vino es saludable”. De lo que la población infiere que “si una copa es buena, tres serán mejor”. Pese a que no hay nada de cierto ni en el “axioma”, ni en el “corolario”, ni muchísimo menos en la “inferencia”, avanzan inexorables, como una bíblica plaga de langostas.

Y es que aunque pudiéramos atribuir de forma incontrovertible a la ingesta de bebidas alcohólicas disminuciones en la mortalidad cardiovascular (que no es el caso, ni por asomo), jamás deberíamos obviar que el consumo de alcohol, además de estar implicado en una muy larga y fea lista de complicaciones agudas y crónicas (según la Organización Mundial de la Salud –OMS– “causa más de 200 enfermedades”), incrementa el riesgo de cáncer incluso en bajas dosis. Lo repiten una y otra vez la OMS, el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer y otras entidades de igual calado. Obviarlo es, en mi opinión, una irresponsabilidad de marca mayor. Máxime sabiendo que el cáncer es una de las primeras causas de mortalidad en Occidente.

Siempre hemos tenido razones para dudar seriamente sobre los supuestos beneficios de las bebidas alcohólicas (y el vino y la cerveza lo son –yo mismo me sorprendo de la cantidad de gente que no lo sabe-). Pormenoricé dichas razones en 2014 en este texto. Pero es preciso añadir algo más (y de ahí el título de este texto): lo que reveló en julio de 2014 una extensa revisión de la literatura científica (BMJ. 2014 Jul 10;349:g4164). Tanto su conclusión, como el análisis posterior que realizaron Chikritzhs y colaboradores (Evid Based Med. 2015 Feb;20(1):38) es clara y transparente como el agua con la que regaríamos un campo de rosas:  el consumo de alcohol aumenta los eventos coronarios en todos los bebedores, incluyendo aquellos que beben ‘moderadamente’. Les traigo un fragmento del artículo de Chikritzhs y colaboradores, de lo más elocuente:

“La hipótesis de que el consumo ‘moderado’ de alcohol es cardioprotector está plagada de factores de confusión, sesgos de selección y una ausencia cada vez más grande de mecanismos biológicos que la sustenten. Lo cierto es que los pilares científicos en los que se basa son cada vez más inestables”.

En su opinión, y en la mía, es hora de borrar de la mente de la población (y no digamos de la de los profesionales sanitarios) el concepto de que el consumo de bebidas alcohólicas en bajas dosis es cardioprotector. Algo difícil, pero no imposible. Sé que es una ingenuidad, pero aún conservo algo de la pueril esperanza con la que comencé a estudiar nutrición humana y dietética, y que me lleva a confiar en que un lejano día “el amor y la verdad acaben saliendo victoriosos sobre todas las injusticias y las desgracias de este mundo”. La frase entrecomillada no es mía, desde luego, sino de la inteligente, cariñosa y bondadosa Agnes, uno de los hiperrealistas personajes de la magnífica novela David Copperfield (Dickens).

Para los que nos preocupa la salud poblacional, las palabras con las que acaba el metaanálisis de 2014, que no me pude resistir a compartir en Facebook y Twitter, son música celestial, una suave y armoniosa melodía que consigue acallar, aunque sea por un momento, los estridentes mensajes que nos invitan a empinar el codo. Aquí las tienen:

“Estos resultados sugieren que reducir el consumo de alcohol, incluso en bebedores que consumen alcohol en cantidades bajas o ‘moderadas’, resulta beneficioso para la salud cardiovascular”.

Y hasta aquí mi pequeño alegato. He hablado del consumo “moderado” de alcohol en otras ocasiones (sobre todo en el escrito “Cuanto menos alcohol, mejor. Cuanto más, peor. Y no hablo del orujo…”) pero son poquísimas si las comparamos con la infinidad de escritos que cantan sus alabanzas. Así que a continuación enumero, en orden alfabético, algunos de los textos divulgativos que le he dedicado últimamente a esta tambaleante cuestión, por si quieren más razones para dar la espalda a quien les haga creer que vino, cerveza y salud son sinónimos:

 Mi amigo y colega Juan Revenga (@juan_revenga), por su parte, también ha regado, con agua cristalina, esta vinícola cuestión en bastantes ocasiones, como pueden comprobar en estos tres enlaces:

Publicado en el espacio de julio Basulto

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