“Soy muy pastillero”, o la ruleta rusa de los complementos alimenticios para deportistas

Julio Basulto

@JulioBasulto_DN

“Yo es que soy muy pastillero, lo pruebo todo”. Aunque lo pueda parecer, estas palabras, y unas cuantas similares que prefiero omitir, no provienen de un adicto a las drogas. Las profirió una persona (cuyo “santo y seña” también es mejor descartar), delante de más de 300 oyentes, micrófono en mano y parapetada detrás de un majestuoso atril. ¿Estaba admitiendo su enfermedad en una reunión de narcóticos anónimos? Ojalá.

En realidad, ese individuo estaba declarando su incondicional amor por cualquier clase de complemento alimenticio, sea cual fuere su naturaleza y denominación, en un curso dirigido a Dietistas-Nutricionistas. Se trataba de uno de de los ponentes del evento.

Al escuchar sus palabras me entraron los siete males, como comprenderán en unas líneas. Me hubiese encantado huir despavorido, pero no podía hacerlo: tenía que impartir poco después una charla en el mismo curso.

Y es que aunque el citado curso se llevó a cabo en 2011, sabemos desde 2004 (como mínimo), que los complementos alimenticios, además de ser mayoritariamente inútiles y además de fomentar una falsa sensación de seguridad que puede traducirse en comportamientos indulgentes, no siempre contienen lo que declara la etiqueta. Es más, en ocasiones esconden desagradables “sorpresitas” en su interior. Lean, si no me creen, este fragmento que incluimos el doctor Juanjo Cáceres (@juanjocaceresn) y yo en nuestro libro “Comer  y correr”:

“Un estudio […] concluyó que el 15% de una muestra internacional de complementos alimenticios y nutricionales estaba adulterada. La adulteración provenía sobre todo de esteroides anabólico-androgénicos en concentraciones susceptibles a dar positivo en pruebas anti-doping y con potenciales efectos secundarios para aquellos que los consumieran”.

Tienen más información, además de en nuestro libro, en estos dos estudios: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22150428  y http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24027186

El caso es que acaba de publicarse una nueva investigación sobre este tema, y de ahí que me haya acordado de lo ocurrido en el curso antes mencionado. En el artículo, titulado “Doping through supplement use: a review of the available empirical data”, leemos datos de sobra conocidos, como la constatación de que los atletas son más propensos a utilizar complementos alimenticios que el resto de los mortales. Pero los autores, Outram y Stewart, de la Universidad de Victoria (Melbourne, Autralia), añaden datos concretos al asunto: estiman que entre el 40 y el 70% de los atletas consume esta clase de productos. Ahí queda eso.

¿Por qué tanto consumo? Para mejorar el rendimiento deportivo o por miedo a padecer carencias nutricionales, aunque también prevenir o tratar lesiones deportivas. Me encantaría que los complementos alimenticios dirigidos a deportistas cumpliesen dichos cometidos…pero en la inmensa mayoría de ocasiones, no lo hacen. Es decir, no cuentan con evidencias científicas fiables y que nos convenzan de que “ser muy pastillero” es mejor que no serlo.

Pero volvamos a la investigación de Outram y Stewart, publicada en la revista International Journal of Sport Nutrition and Exercise Metabolism en febrero de este año (2015). Se insiste en que entre el 10 y el 15% de los complementos alimenticios dirigidos a deportistas pueden incluir, sin declararlo en la etiqueta, sustancias prohibidas en competición, por lo que se advierte que  “existe un riesgo considerable de dopaje accidental o inadvertido a través del uso de suplementos”. En su trabajo se cita que entre el 6,4% y el 8,8% de los casos de dopaje podrían atribuirse a esta clase de adulteración. ¿Entienden ahora lo de los siete males?

Como ven, los productos dirigidos a deportistas no son precisamente trigo limpio. El profesor Ron Maughan (Comité Olímpico Internacional) abrevia este tema con la siguiente reflexión: “Si el suplemento funciona, probablemente está prohibido, y si no está prohibido, probablemente no funciona”.

En cuanto al ponente que he citado al principio, pues cada uno puede hacer con su vida lo que le dé la gana, faltaría. Pero vanagloriarse de tomar toda clase de complementos alimenticios delante de un público que ha pagado para escuchar a unos (supuestos) expertos en nutrición, es incitar de forma indirecta a su consumo (¿acaso no es el docente de un curso un modelo a seguir?) . Y eso es, en mi humilde opinión, una irresponsabilidad.

Además de en el libro “Comer y correr”, he hablado de este tema u otros relacionados en varias ocasiones, así que les dejo unos cuantos enlaces (ordenados por fecha de publicación):

  1. Complementos dietéticos: cuidado con lo “natural” (septiembre de 2013)
  2. La falacia de los antioxidantes (noviembre de 2013)
  3. Los suplementos de vitaminas y minerales no dan superpoderes (enero de 2014)
  4. Omega-3 y aceite de pescado: ¿nueva panacea? (febrero de 2014)
  5. ¿Colágeno bebible? ¿Qu´est-ce que c´est? (febrero de 2014)
  6. Proteína en atletas (mayo de 2014)
  7. ¿Complementos para mejorar el rendimiento deportivo? Mejor entrenar más… (junio de 2014)
  8. Complementos dietéticos para perder peso: peor que inútiles (julio de 2014)
  9. Correr sin un lastre de mitos dietéticos (julio de 2014)
  10. Falsas creencias sobre nutrición y deporte (julio de 2014)
  11. Riesgos para la salud de los “alimentos funcionales” (octubre de 2014)
  12. El druida Panorámix ¿añadía omega-3 a su poción mágica? (noviembre de 2014)
  13. Omega-3 y deporte (entrevista) (diciembre de 2014)
  14. Sorpresas ocultas en los complementos alimenticios (diciembre de 2014)
  15. Trucos y consejos dietético-nutricionales para adultos que hacen deporte (enero de 2015)
  16. Complementos alimenticios: ¿qué les decimos a nuestros pacientes? (abril de 2015)
  17. Los Omega-3 mejoran la salud…económica de sus vendedores. (mayo de 2015)
Publicado en el espacio de julio Basulto

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